miércoles, 6 de mayo de 2009

Otro cuento :D

Muero.... de verdad, muero...
Pero antes de mi final, les dejo la primera parte de un cuento sin nombre...

Esa mañana me puse el vestido negro, los zapatos de charol, mi abrigo, y me hice unas trenzas. Tomé a perro –mi gato negro- y lo puse en su jaula.
El sol aún no salía, pero la ciudad siempre se veía alegre y colorida. Llegué al puerto de madera, donde una góndola negra me esperaba. El hombre que la conducía tenía el típico aspecto frío y severo de los que vienen de la isla, una gris capucha cubría su gris y arrugado rostro. Sus ojos negros y redondos no revelaban mucho. Los siete dedos de sus huesudas manos se enroscaron en un alargado remo y partimos.
Tenía un poco de miedo de volver a la isla, más que todo por la travesía en barco, que nunca era totalmente segura. Aún así me sentía ansiosa por volverla a ver, por la incertidumbre de cómo encontraría mi casa. Siempre me he sentido como una paria: no pertenezco a la isla, ni a su gente, pero lo mismo me ocurre con la ciudad. Pero el hogar es el hogar, y al mío no regresaba desde que desalojaron la isla, hace más o menos un año.
La tercera luna estaba alta en el cielo púrpura cuando entramos en la niebla. El negro mar se volvía más sereno, como si hubiese muerto. Algunas esponjosas nubes pasaban a nuestro lado, pareciendo silenciosos transeúntes. Perro dormía plácidamente, dejando su cola colgar por entre los barrotes de la jaula. Cada cierto tiempo pasábamos por el lado de rocas solitarias y escarpadas, sobre las cuales descansaban sirenas, mirándonos fijamente por entre sus coloridas y desgreñadas cabelleras. Las sirenas no cantan para los que van hacia la isla…
Sin aviso previo, la leve brisa que corría cesó de soplar. Ahora el mar casi parecía un espejo. Miré hacia mi derecha. Una alargada, oscura y chata canoa pasaba a unos metros de nuestra góndola. Sobre ésta, una figura humana, alta y estilizada, totalmente cubierta por una túnica negra de gorro puntiagudo. Se erguía quieta… muy quieta. En el extremo delantero de la embarcación, un enano de dos cabezas remaba afanosamente. Contemplé a este ser por algunos minutos. Cuando noté que su cabeza giraba en mi dirección aparté rápidamente la vista. La figura me miró durante un lapso de tiempo que no sabría decir cuánto duró. Palidecí, mi corazón palpitaba rápido, pero no era miedo lo que sentía. Cuando su canoa nos pasó me sentí algo triste, y la leve brisa regresó.
Ya divisaba la costa cuando un pez con cuernos asomó su cabeza fuera del agua y me dijo – ¡psst!... ¡psst!... ¿Tienes hora?- Busqué mi reloj. Lo había olvidado: -No, lo siento- respondí. El pez me miró algo afligido y dijo – Bueno, gracias…- y se hundió otra vez.
Llegamos a la costa. Me bajé con cuidado de no mojar mis pies y di unos pasos en la playa. La arena -una vez gris- era ahora de un tono rojizo y, hasta donde podía ver, todas las plantas habían desaparecido. La playa era pequeña, se extendía unos cuantos metros y terminaba con una abrupta subida rocosa que llevaba al resto de la isla. Tomé la jaula de Perro y miré al hombre de la góndola que me dijo –Usted vaya, yo espero-. En sus palabras había un inédito dejo de simpatía. Le sonreí y subí por el sendero que siempre usaba para volver de la costa. Al terminar la subida me encontré con el bosque: muchos árboles yacían caídos y habían muchos escombros en la tierra.
Me fui abriendo paso entre todo aquel caos polvoriento hacia el pueblo…

ZOMBIE



1 comentario:

  1. Me gusto tambien
    mas magico que el otro pero es bueno igual
    talentosa bicharraca

    ResponderEliminar